ATLÉTICO DE MADRID

El "negocio redondo" de Gil Marín por no protestar el penalti de Julián: 80 millones y la final de la Champions

Gil Marín
Gil Marín

En el fútbol moderno, el césped ya no es el único campo de juego, y lo ocurrido con el Atlético de Madrid en la Champions League lo demuestra a la perfección. Mientras los aficionados rojiblancos clamaban justicia por el penalti anulado a Julián Álvarez en la eliminatoria ante el Real Madrid, Miguel Ángel Gil Marín, máximo accionista del club, jugaba su propia partida... y la ganó. No en lo deportivo, sino en lo económico y político.

El penalti fantasma que no se protestó

La jugada fue clara: Julián Álvarez resbala y toca el balón dos veces. El penalti debería haber sido válido. Pero el VAR anuló el tanto alegando doble contacto. Hasta ahí, polémica deportiva. Sin embargo, el verdadero escándalo llegó después. La Unión de Peñas del Atlético de Madrid denunció públicamente que el vídeo ofrecido por la UEFA para justificar la decisión había sido manipulado. Un informe pericial de 64 páginas, elaborado por expertos independientes, confirmó múltiples alteraciones y anomalías técnicas en la grabación.

Lo lógico habría sido impugnar el partido, elevar una protesta formal a la UEFA, defender al club y a sus aficionados. Pero no. Gil Marín optó por guardar silencio. ¿Por convicción? ¿Por estrategia? ¿O porque ya tenía sobre la mesa una oferta que no podía rechazar?

La final de la Champions 2027 como moneda de cambio

Pocos días después del escándalo, la UEFA anunciaba que el Estadio Metropolitano sería la sede de la final de la Champions League en 2027. Un evento que se calcula puede generar entre 70 y 80 millones de euros en ingresos directos e indirectos para el Atlético de Madrid y la ciudad.

Demasiada coincidencia. Demasiado premio por no hacer ruido. Para muchos, este anuncio no fue un reconocimiento a la excelencia organizativa del club, sino una compensación encubierta por haber aceptado en silencio una eliminación polémica.

Gil Marín, el gran beneficiado

Mientras la afición del Atlético sentía impotencia, frustración y rabia, Gil Marín cerraba un negocio redondo. No hubo impugnación, no hubo presión mediática ni institucional. Solo un informe de la afición, silenciado por los grandes medios, y una directiva que prefirió el beneficio a largo plazo que una guerra contra los gigantes del fútbol europeo.

El resultado: 80 millones de euros a cambio de no levantar la voz. Gil Marín demuestra así que su prioridad no es la justicia deportiva ni el orgullo del escudo, sino maximizar ingresos y mantener buenas relaciones en los despachos de Nyon.

¿A qué precio se vende la dignidad?

El caso ha dejado una profunda herida entre los seguidores colchoneros. Porque cuando la dirección del club elige los millones antes que defender a su equipo, el mensaje es claro: lo económico está por encima de lo ético. Gil Marín ha hecho su jugada maestra, sí, pero a costa de un club que se proclama diferente, de unos valores que ahora suenan huecos, y de una afición que cada vez cree menos en los discursos oficiales.

Mientras tanto, la UEFA respira tranquila: el escándalo quedó enterrado bajo una lluvia de billetes, el Real Madrid sigue adelante, y el Atlético... calla y cobra. Un negocio redondo. Pero también una derrota moral.

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